CDMX, 14 de Agosto, 2018 .- Dirección de Medios de Comunicación del INAH: Boletín N° 268

La riqueza de esta ofrenda, la número 174 del Templo Mayor y que contenía aproximadamente 11 mil 800 objetos, es consecuente con el lugar donde fue localizado: el Cuauhxicalco, una estructura circular donde eran sepultados los restos cremados de los gobernantes de la antigua Tenochtitlan. Los sacerdotes mexicas convertían una ofrenda en un microcosmos orgánico y mineral donde convergían tierra y cielo, agua y fuego, muerte y vida, Tláloc y Huitzilopochtli.

Una caja de sillares de tezontle, de 74 cm por 72 cm, les bastó para depositar los restos de un lobo, de un ave pequeña y de varios peces (entre ellos los espadartes de tres peces sierra), además de crustáceos, piezas de copal, cuchillos de pedernal, corales, innumerables conchas e insignias elaboradas con pequeñas láminas de oro.


Esta importante ofrenda fue detectada tras percatarse de la ausencia de algunas lajas en el piso de este templo, casi al centro del mismo. “Esto era indicio de que debajo podía haber un depósito de carácter ritual”, señala Antonio Marín Calvo, uno de los arqueólogos responsables de este frente de exploración.

Cuahxicalco, estructura circular de la que sobresalen cabezas de serpiente. Foto: Héctor Montaño, INAH.

Lo primero en detectarse del contexto prehispánico fueron fragmentos de copal y de coral, capa bajo la cual se encontraba el esqueleto completo de un lobo mexicano acompañado de cuchillos de pedernal y un espadarte de pez sierra. Más abajo estaban colocadas 23 insignias de lámina de oro que aluden a la guerra librada entre el dios Huitzilopochtli y su hermana la diosa Coyolxauhqui, el Sol y la Luna: manos,
representaciones de corazones, un par de orejeras (símbolo de la deidad lunar), una mandíbula humana, etcétera.

La siguiente capa de esta ofrenda resultó muy homogénea, al estar conformada por conchas y caracoles que en su mayoría provienen del Caribe y que fueron trasladados vivos a la gran Tenochtitlan, lo que se infiere porque presentaban todavía su periostraco, una capa superficial muy fina y delgada de tono café oscuro, indica la maestra Alejandra Aguirre Molina, arqueóloga que coordinó los trabajos en esta unidad
de excavación. Bajo esa capa espesa de conchas y caracoles estaba una figurilla antropomorfa de copal, posible representación del dios de la lluvia, Tláloc; además de orejeras de madera con pigmentos azul y negro, cuatro cetros serpentiformes de madera y la misma cantidad de cuchillos de pedernal.

Bajo esa capa espesa de conchas y caracoles estaba una figurilla antropomorfa de copal, posible representación del dios de la lluvia, Tláloc; además de orejeras de madera con pigmentos azul y negro, cuatro cetros serpentiformes de madera y la misma cantidad de cuchillos de pedernal.

“La biodiversidad de los organismos localizados en el Cuauhxicalco y en torno al monolito de la diosa de la tierra, Tlaltecuhtli, expresa el proceso de expansión que experimentó el imperio mexica durante el gobierno de Ahuízotl, entre 1486 y 1502. Estas ofrendas son una representación en miniatura de los tres planos principales del universo: el inframundo, el terrestre y el celeste”, comenta la arqueóloga Alejandra
Aguirre.

Para las culturas mesoamericanas el pez sierra era una alegoría de la tierra sobre el mar primigenio; para los mexicas en particular, representaba al monstruo terrestre cipactli, como lo ha señalado el doctor Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor. En cuatro décadas de excavaciones se han recuperado 67 espadartes, tanto de la especie Pristis pectinata como Pristis pristis, en diferentes
ofrendas.

Un año de tareas en la Ofrenda 174, desde la extracción de los materiales, su registro fotográfico digital, por niveles y del más ínfimo fragmento, para capturarlos en una base de datos, y la limpieza de los mismos en el área de restauración, ha llegado a su fin.

 

 

 

 

 

Fuente INAH.