No hay duda, los aztecas se preocupaban  por la salud, el bienestar y la buena crianza de los niños.  Ya confirmado el embarazo, la mujer recibía de la tlamatlquiticitl  (partera) “los consejos convenientes y las orientaciones necesarias tanto para preservar la salud de la preñada como para evitar malformaciones, enfermedades, el aborto, el parto prematuro y toda alteración del niño por nacer”.
Se prohibía a las embarazadas hacer esfuerzos, se recomendaba trabajar solo lo debido, que no corriera, porque enseguida abortaría o el niño saldría antes de tiempo. “Durante el desarrollo del embarazo la tlamatoquícitl daba consejos para la buena marcha del mismo y desarrollo del niño y la nutrición. Al nacer el niño satisfactoriamente, la partera daba la bienvenida con palabras de amor y ternura al mismo tiempo que cortaba el cordón umbilical”

Los cuidados al recién nacido incluían un primer baño orando para la purificación del niño, la buena suerte y la perfección de vida. Después se llamaba al Tonalpouhque  (agorero o adivino) quien poseía el Tonalámatl  (libro de los destinos) para descifrar la fortuna y el futuro del recién nacido. Se pronosticaba su suerte a partir todo ello de la fecha de nacimiento, también la actividad a desempeñar, carácter, valentía, entre otras. Desde el primer día el niño era alimentado al seno materno, ni las mujeres de la realeza estaban eximidas de esta función .


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La vida indígena precolombina implicaba el cuidado infantil con una visión de la época en donde predominaban ideas fundadas en la cosmogonía y cosmovisión politeísta. De esta manera en México el niño era concebido como joya, piedra preciosa que ameritaba ser alimentado y reconocido su destino desde el nacimiento y protegido por una deidad especial Ixtlilton, sin embargo, el cuidado parece haber sido una preocupación exclusiva de las madres.

“El amor al niño desde el período prenatal hasta su transformación en un joven y adulto era manifiesto aun cuando fuera objeto de algunos castigos rara vez excesivos. Son múltiples las expresiones
y manifestaciones de amor, al considerarlos piedras finas y preciosas, y plumas finas y joyeles, el empeño y el cuidado en su educación hasta hacer de los hijos personas honestas, trabajadoras,
respetuosas, decentes, sin vicios, responsables y buenos guerreros que hicieran cada vez más grande y poderosa a su patria, son prueba de amor inextinguible de parte de sus padres”.

Ixtlilton, tenía la misión de vigilar a los niños durante su sueño y curarles sus enfermedades, era exclusivo para vigilar la salud de los niños y para la curación de sus enfermedades. “Podría considerarse
como un pediatra mitológico si tomamos en cuenta su dedicación especial y exclusiva a curar niños en su templo”.

“Se atribuye a los sacerdotes de Ixtlilton la capacidad de diagnosticar si el alma (tonalli)  de un niño enfermo estaba en él o lo había abandonado; esto se lograba reflejando la cara del niño enfermo en el agua” **

De cariño, llamamos chamacos a los niños. Esta palabra tiene su origen en la lengua náhuatl (nahua) “chamahuac”  significa grueso, ya que los niños suelen ser gorditos. También se le adjudica el adjetivo “que crece”.  Por su parte escuincle, viene de “itzcuintli” perro sin pelo, y niño, probablemente porque carece de pelo.  Este ultimo es muchas veces, usado en tono despectivo. Finalmente, aunque menos común, se utiliza Chilpayate, del náhuatl “chilpayatl” niño de corta edad.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

** Texto tomado del libro “Una joya preciosa; significado del cuidado del niño en México”, escrito por Josefina Gallegos Martínez. Contexto Enferm, Florianópolis, 2006; 15 (Esp): 146-51.

Créditos de portada:  Alberto Beltrán