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Descubre un noble el aguamiel del maguey, y lleva regalos a Tecpancaltzin

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De larga paz al influjo
La feliz nación tolteca
Que rigen costumbres puras
Y leyes pocas y buenas;
Fértil país ocupando,
Paraíso de la tierra,
Avanza más cada día
En virtud, artes y ciencias.

Papántzin, noble ilustrado,
Dióse a agrícolas faenas,
Y cultivando el maguey
Que siembra en largas hileras,
Extrajo á fuerza de industria
El aguamiel de sus pencas;
Luego á pasta la redujo
Y con ella hizo conservas,
Si agradables a la vista,
Al paladar lisonjeras.

Quiso de todo un presente
Que pule, adorna y apresta,
Llevar al rey, esperando
Que su alabanza merezca;
Que ha sido en épocas todas
Y latitudes extremas,
Cuando no el oro, la fama
Cebo de humanas empresas.

Porque tenga más realce
El paso que dar intenta,
Ir quiere con su familia
Ante el monarca; y si cuerda
Su resolución estimo
En lo demás , aquí necia.
Que Xóchitl, su única hija
(Flor significa en su lengua)
Es rica flor codiciada
De cuantos llegan a verla;
Y es el amor de los reyes
Sol que a las plantas modestas
Qué necesitan de sombra
Con rayo fúlgido quema.
Al recibir el presente
Más que en él en la doncella,
A quien el rubor temprano
De ser mirada hermosea,

Fija la vista el monarca
De llama súbita presa,
Y al desacordado padre Dice,
con faz halagüeña:
— » Mucho tu afán ha logrado
En lo que el regalo encierra;
Mas si en fruto delicado
El precio tiene pagado
De tus sudores la tierra, »
Yo te cedo el señorío
De cuatro pueblos, que es bien
Con recompensas a quien
Ilustra el reinado mío,
Dar estímulo y sostén.
«Porque tu invención más sea
Acá en la corte aplaudida,
De nuevo sus frutos vea,
Y a tu prenda más querida
En tal embajada emplea.

«Tráigalos Xóchitl, pues sabe
Que el valor que tiene ahora
Tu don, por más que lo alabe,
Ha de crecer, si esto cabe,
Siendo ella la conductora.

«Y ya que al padre mi agrado
Y mi gratitud prolija
Con dádivas he probado,
Quisiera ver si me es dado
Labrar el bien de la hija.»
En ilusiones mecido
De ilustre fama y grandeza,
Después de oír tal discurso
Vuélvese el noble a sus tierras.
Que está labrada de Xóchitl
La suerte futura piensa,
Que va el monarca a dotarla,
Tal vez a elevarla a reina !
¡Oh imaginación que rompes
Del juicio las cadenas,
Sin advertir que volando
Así, a lo mejor te estrellas!
¡Mal labrador que descuidas,
Cuidando plantas groseras,
La planta más delicada
De cuanta hay en tus huertas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Obras de Roa BárcenaJosé María, 1827-1908 – Leyendas mexicanas: cuentos y baladas del norte de Europa y algunos otros ensayos poéticos

Xóchitl o la reina de Tula. Primera parte.

Foto de portada:

Descubrimiento del pulque, cuadro acerca del mito del descubrimiento del pulque por parte de los toltecas.

 La leyenda del fuego robado, una leyenda Cora.

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Hace mucho tiempo, no se conocía el fuego, y los hombres debían comer sus alimentos crudos.
Los Tabaosimoa, los Ancianos, se reunieron y discutieron sobre la manera de obtener alguna cosa que les procuraría el calor y les permitiría cocer sus alimentos. Ayunaron y discutieron… y vieron pasar por encima de sus cabezas una bola de fuego que se sumergió en el mar pero que ellos no pudieron alcanzar. Entonces, fatigados, los Ancianos reunieron personas y animales para preguntarles si alguno de ellos podía aportarles el fuego.
Un hombre propuso traer un rayo de sol a condición de que sean cinco para ir al lugar donde salía el sol. Los Tabaosimoa aprobaron la proposición y pidieron que los cinco hombres se dirigieran hacia el oriente mientras que ellos, llenos de esperanza, continuarían suplicando y ayunando. Los cinco partieron y llegaron a la montaña donde nacía el fuego.


Esperaron la llegada del día y se dieron cuenta que el fuego nacía sobre otra montaña, más alejada. Retomaron entonces su camino. Llegados a la montaña, en un nuevo amanecer, vieron el fuego nacer sobre una tercera montaña, aún más alejada. Prosiguieron así hasta la cuarta, después la quinta montaña donde, desalentados, decidieron regresar, tristes y fatigados.
Contaron esto a los Ancianos quienes pensaron que jamás podrían alcanzar el Sol. Los Tabaosimoa les agradecieron y se volvieron a poner a reflexionar sobre lo que podrían hacer.


Es entonces que apareció Yaushu, un Tlacuache sabio, y él les relató un viaje que había hecho hacia el oriente. Había percibido una luz lejana y quiso verificar lo que era. Se puso a marchar durante noches y días, durmiendo y comiendo apenas.
La noche del quinto día pudo ver que en la entrada de una gruta ardía un fuego de madera de donde se elevaban grandes llamas y un torbellino de chispas.
Sentado sobre un banco un hombre viejo miraba el fuego. Era grande y llevaba un taparrabo de piel, los cabellos blancos y los ojos horriblemente brillantes. De tanto en tanto alimentaba esta «rueda» de luz con leños.


El Tlacuache contó cómo él permaneció escondido detrás de un árbol y que, espantado, él hizo marcha atrás con precaución. Se dio cuenta que se trataba de alguna cosa caliente y peligrosa.
Cuando él hubo acabado su relato, los Tabaosimoa pidieron a Yaushu si él podía volver y traerles un poquito. El Tlacuache aceptó, pero los Ancianos y su gente debían ayunar y orar a los dioses haciendo ofrendas. Ellos consintieron pero le amenazaron de muerte si éste los engañaba. Yaushu sonrió sin decir una palabra.
Los Tabaosimoa ayunaron durante cinco días y llenaron cinco sacos de pinole que dieron al Tlacuache. Yaushu les anunció que estaría de regreso en otros cinco días; debían esperarlo despiertos hasta medianoche y si él moría, les recomendó de no lamentarse por él.
Portando su pinole, él llegó al lugar donde el viejo hombre contemplaba el fuego.

El Zorro | 2da parte
 

Yaushu lo saludó y fue solamente a la segunda vez que él obtuvo una respuesta. El viejo le preguntó lo que hacía tan tarde en ese lugar.
Yaushu respondió que era el emisario de Tabaosimoa y que buscaba agua sagrada para ellos. Estaba muy fatigado y preguntó si podía dormir antes de retomar su camino la mañana siguiente.
Debió suplicarle mucho pero al fin el viejo le permitió quedarse a condición de que no toque nada. Yaushu se sentó cerca del fuego e invitó al viejo a compartir su .pinole
Este vertió un poco sobre el leño, luego por encima de su hombro, después comio el resto. El viejo le agradeció y se durmió.
Mientras que Yaushu lo escuchaba roncar, pensaba la manera de robar el fuego. Se levantó rápidamente, tomó una brasa con su cola y se alejó. Había hecho un buen pedazo del camino cuando sintió que una borrasca venía sobre él y vio, frente a él, al viejo encolerizado.
Él lo reprendió por tocar y robar una cosa que no le pertenecía; lo mataría. Inmediatamente él tomó a Yaushu para quitarle el tizón pero aunque éste lo quemaba no lo soltaba. El viejo lo pisoteaba, le trituraba los huesos, lo sacudía y lo balanceaba. Seguro de haberlo matado, se vuelve a vigilar el fuego. Yaushu rodó, rodó y rodó… envuelto en sangre y fuego; llegó así delante de los Tabaosimoa que estaban orando.
Moribundo les dio el tizón. Los Ancianos encendieron los leños. El Tlacuache fue nombrado «héroe Yaushu». Lo vemos aún hoy marchar penosamente por los caminos con su cola pelada.

Foto de portada:

El tlacuache que robó el fuego

Leyenda Cora Ilustrada.
Editoriales
Instituto Nacional De Antropología E Historia – INAH

Catalina
Miranda
Colección Leyendas
ISBN 978-607-484-642-3
INAH 003OVA0842